Berriozar,Historia

76º Aniversario de la fuga del fuerte Ezkaba – San Cristóbal

4 Jun , 2014  

«Se olvidaron de que los muertos tenían vivos y los vivos memoria»

El 76º aniversario de la fuga del Fuerte Ezkaba – San Cristóbal centró las Jornadas sobre la Memoria Histórica en Berriozar que se celebraron del 18 al 29 de mayo. Unos actos en los que no faltó el homenaje a los presos, una exposición fotográfica, una charla sobre la prisión del Fuerte San Cristóbal y la presentación del libro “El reencuentro”.

“Se olvidaron de que los muertos tenían vivos y los vivos memoria”, una frase que puede resumir la preocupación y la necesidad de conocimiento que tienen las familias de los muertos tras la fuga del Fuerte Ezkaba el 22 de mayo de 1938. Con un acto-homenaje el día 18 de mayo a los presos que padecieron prisión y muerte en el penal; una exposición del 19 al 29 de mayo en el Espacio Cultura del Ayuntamiento de Berriozar bajo el título “Desenterrando el Silencio. Verdad, Justicia y Reparación”; una charla titulada “La Prisión del Fuerte San Cristóbal” el día 23 y la presentación del libro “El reencuentro” el día 29 en el Kulturgune, concluyeron las Jornadas sobre la Memoria Histórica en Berriozar y terminaron las celebraciones por el 76º aniversario de la fuga del Fuerte Ezkaba.
La prisión en el Fuerte Uno de los actos más numerosos fue la charla sobre la prisión, bajo el título “La Prisión del Fuerte San Cristobal”, donde Koldo Pla, de la Asociación “Txinparta” de Antsoain y Joaquín Urtasun, vecino de Berriozar, relataron los hechos históricos de este centenario fuerte. Joaquín Urtasun inició la conferencia relatando la historia de este singular fuerte creado para la defensa de Pamplona y que quedó obsoleto para esa función pasando a covertirse en prisión. Para hacerlo, en 1883 se expropiaron a los concejos 213.626 metros cuadrados. En 1934 vino la primera avalancha de presos de la revolución de Asturias y se produce el primer enterramiento. Un año después, el segundo. A partir de ahí, se producen enterramientos en el cementario de Berriozar. En 1936, 21, así hasta 47.
La fuga El 22 de mayo del 1938 se produce la fuga del fuerte. Hay unos 2.500 presos. Esa huída fracasa y empieza “la caza de conejos” de la que resultan 225 muertos, 24 sin identificar, y 14 fusilados. Se crean dos fosas comunes “de las que queremos la exhumación” y se van conociendo detalles como la detención de cuatro prisioneros en Artica que fueron a parar a Berriozar y “que estuvieron con custodios en la escuela antigua y al día siguiente los fusilan”.
Antes de la fuga ya había denuncias de la situación en la que se encontraban los prisioneros. Llegaron, relata Koldo Pla, hasta el Parlamento español y el Ayuntamiento de Pamplona. “Hubo un montón de muertos y tenían unas condiciones de vida muy duras con frío, hambre y muy mala atención sanitaria”. En esos años se producen unas situaciones que darán lugar a los hechos: Primero, los presos gubernativos entraban y salían. Cuando salían se les esperaba y se les mataba y se enterraban en lugares desconocidos. Segundo, la fuga de 1938. Todos los que matan por el monte los entierran en sitios diseminados. Hubo también 14 fusilados en la Ciudadela. “Se saben más o menos dónde están algunas fosas pero no quiénes están”. Tercero, actas encubiertas en las que hasta 21 personas habían muerto el mismo día por traumatismos. Las fosas contenían a los muertos enterrados en vertical, para que cupiesen más. Y, por último, la cuarta, en la que 14 personas fueron fusiladas en la Ciudadela de Pamplona. Casos particulares, como el del nieto de Primitivo Miguel Prichilla, uno de los fusilados, gallego, que como homenaje está llevando a cabo el Camino de Santiago al revés para llegar a la Ciudadela, recoger tierra, subir al fuerte, huir a la frontera y comenzar desde ahí de nuevo el Camino hasta la Torre de Hércules.
A partir de 1938 cambia el Fuerte. A raíz de los juicios de las fugas, mejoran las condiciones de vida. Hay un cambio de capellán con una mejor actitud. Comienzan talleres, salen y entran cartas o dejan entrar a los hijos, lo que facilita la vida dentro de la prisión. Unos de los protagonistas será Francisco Lamas, un preso de Lugo, médico, que comienza a atender a los compañeros y que pasa a ser el médico real de la cárcel. Creó una enfermería, trató la tuberculosis, aparecieron por primera vez camas y crearon el embrión del hospital penitenciario. Poco a poco, van desapareciendo los presos de este penal y se van quedando los reclusos enfermos. Se mantendrán también algunos de los fugados como castigo y se les endurece su vida en prisión haciéndolos convivir con los enfermos de tuberculosis.
Con el tiempo se queda el penal como hospital penitenciario, hasta el punto de que el 96% de las muertes eran producidas por la tuberculosis. Toda esta situación se traducirá también en los cementerios, saturados en la cendea y con quejas de los vecinos por falta de sitio. Ello hace que se construya un cementario propio y organizado. El capellán iba señalando en un cuadro el año de enterramiento y el número. Había una fila aparte que denominaban “cementerio civil” porque no querían servicios religiosos.
En 2007 se producen las primeras exhumaciones. Cuarenta y cinco familias solicitaron hacerlas y al resto de enterrados se les cubrió con una tela y una etiqueta. Se descubre que eran sepultados con una botella, daba igual la forma, que contenía los datos con nombre y número de registro. Era una orden de Franco por la que a los muertos de la guerra había que enterrarlos con las chapas y, sino había, con este recipiente.
Una cárcel nacional Pero el Fuerte, relata Koldo Pla, tenía un carácter nacional. Había presos de toda España y 45 extranjeros. Se usó como una forma de dispersión de presos para separarlos de sus familias, hasta el punto de que éstas perdían el rastro de
sus familiares por el cambio continuo de prisiones y lo difícil en aquellos años para desplazarse a realizar visitas. Muchas familias desconocían que sus seres queridos estaban en Pamplona.
“Las mujeres -añade Pla- han sido las grandes olvidadas. Todos los presos eran hombres y hubo familias que venían de fuera y se quedaban en Pamplona. E incluso se ponían a trabajar en las casas de los franquistas”. En 1988 se hizo el primer homenaje con la idea de mantener el recuerdo. Se ha ido repitiendo en la puerta del Fuerte todos los años y con la inauguración de placas en cada lugar. “Se trata de hacer un reconocimiento de esas personas. Para la historia tiene que quedar muy claro quiénes son los culpables”. “Con San Cristóbal -concluye Koldo Pla- habría que hacer un lugar de la memoria. No es un buen comienzo para el uso del Fuerte que no tenga como eje la memoria histórica, porque el uso real y final del mismo ha sido siempre como cárcel”.


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