Berriozar,Fotografía,Solidaridad

«Antes de viajar siento mucho miedo, pero luego me creo un escudo y me convierto en una persona fría sin dejar de ser empático»

22 Ene , 2021  

Iván Benítez es fotoperiodista nunca publica una imagen sin conocer la historia y los datos de las personas reflejadas

Iván Benítez es fotoperiodista, se crió en Bilbao pero reside en Berriozar desde hace años junto a su mujer y sus dos hijas. Empezó en la profesión muy joven, aún sin haber terminado la carrera de Periodismo gracias a su padre, el periodista Juan José Benítez, y a su padrino, el reportero Fernando Múgica Goñi.

Ha visitado diferentes países como el Líbano, Bosnia, Nicaragua, Honduras o Siria para mostrar la realidad de estos lugares y difundir con imágenes los dramas humanitarios que allí están sucediendo.

Actualmente, trabaja en Diario de Navarra. Uno de sus sueños antes de la pandemia era conseguir organizar una exposición sobre la guerra de Siria, que el 15 de marzo cumplirá 10 años, y poder recorrer los centros escolares e institutos de Navarra para poder acercar a los más jóvenes cómo fluye la vida en medio de una guerra, intentado crear en ellos empatía. “Me gustaría hacer entender a los más pequeños no tanto las causas de la guerra sino cómo vive allí la gente y por qué huyen. Lo que intento proyectar es que todos somos iguales y que son más cosas las que nos unen que las que nos separan. Y que esto nos puede pasar a cualquiera”, afirma Benítez.

¿Cómo te adentraste en el mundo de la fotografía y del periodismo?

Desde pequeño tenía muy claro que quería ser alguien que estuviera en la primera línea y ser testigo de lo que ocurría en la calle, pero no sabía si periodista, fotógrafo, enfermero, trabajador social…

Iba leyendo y empapándome de noticias y reportajes, sobre todo los de mi padrino, Fernando Múgica.

Vivía en Bilbao y me encantaba realizar fotografías en la calle. Empecé con una cámara que me prestó mi padre, una Nikon muy pesada con un objetivo 24 mm 2.8. Después realicé la carrera de Periodismo en la Universidad de Navarra y antes de empezar con las prácticas, ya tomaba fotografías por mi cuenta de todo tipo de sucesos, porque me colaba en las ambulancias de la DYA y de la Cruz Roja para ir aprendiendo. Si conseguía algo interesante, lo vendía; nunca he regalado una fotografía a un periódico.

Entonces me llamaron del Navarra Hoy, dirigido por Juan Pedro Bator, y en verano de 1993 (estando en segundo de carrera), realicé mis primeras prácticas en la sección de fotografía. Aprendí muchísimo, sobre todo gracias a Chema Pérez, que me enseñó la técnica y me dejaba acompañarle al Sadar a los partidos de fútbol. Chema fue mi ángel de la guarda del fotoperiodismo.

De ahí salté a Diario de Noticias, que se fundó en 1994, y después a Diario de Navarra.

¿Y de la fotografía de calle a países en guerra?

Estando todavía en la Universidad, tuve la oportunidad de viajar a Mostar (Bosnia) en otoño de 1995, con la guerra recién terminada, para entrevistar a los cascos azules navarros. Saqué varias fotografías de una ciudad completamente destruida, y volví muy revuelto de aquello.

¿Qué otros países has visitado?

El primer país al que marché yo solo fue Sudán. No me podía creer que en puertas del siglo XXI hubiese gente que muriese de hambre. Así que con mis ahorros me marché, haciéndome pasar por misionero, ya que los periodistas no lo tenían fácil para entrar en el país. Contacté con unas religiosas que vivían en la capital, en Jartum, y me ayudaron a conseguir el visado como misionero comboniano y entré como el Padre Iván.

Allí un niño pequeño murió en mis brazos por desnutrición y viví unos de los días más intensos de mi vida.

Tuve que acabar huyendo porque me descubrieron.

¿Y conseguiste publicar las fotografías de aquel viaje?

Intenté vender el reportaje a una revista de Madrid y el subdirector me dijo que Sudán no interesaba, que vendían más otras cosas como el desnudo de una famosa. Me quedé muy sorprendido, pero por suerte lo compró otra revista.

Después visitaste Nicaragua. ¿Cómo fue esta experiencia?

Conseguir publicar aquel reportaje de Sudán me armó de valor y en el año 98, con mis ahorros y mis vacaciones, hablé con el director del periódico y le dije que me marchaba a Nicaragua. El huracán Mitch había arrasado el país, y llegué a un poblado de tres mil y pico personas que había sido sepultado por completo. Sólo había cadáveres y olor a muerto. Después de fotografiar todo eso, no podía más y tuve que dejar las cámaras para ponerme a machetar cadáveres y enterrarlos.

Esta experiencia fue increíble y volvió a marcarme, y tuve muy claro lo qué quería hacer.

Siria es otro de los países a los que has viajado, y en varias ocasiones. ¿Qué viviste allí?

Me marché con la intención de contar lo que allí estaba sucediendo, y al igual que cuando fui a Sudán, tiré de mi dinero y de mis vacaciones.

Me costó conseguir el visado pero finalmente me lo concedieron, y aunque me entró un poco de miedo, me vinieron a la cabeza las palabras de George Sabe, premio Navarra a la Solidaridad: “Para informar de lo que está ocurriendo en Siria, hay que viajar a Siria”. Aquellas palabras, y la historia de ese hombre que se había jugado la vida para llegar hasta Navarra, me marcaron.

Compré un San Fermín de cerámica en la calle Estafeta y con eso, la bolsa de cámaras y una mochila con poca ropa, llegué a Damasco. Se escuchaban las explosiones de los bombardeos sobre Ghouta Oriental, a las afueras de la capital, y caían los morteros de los rebeldes yihadistas por todas partes. Un extraño escudo de frialdad me permitió afrontar la situación con cierta tranquilidad”.

Lo que más te impacta cuando estás allí no es la muerte o el miedo, sino la vida. La gente continuaba con su quehaceres diarios y eso es algo sorprendente. Siempre busco la vida en la guerra, porque la voluntad de vivir es mucho mayor que el sufrimiento.

Con esta lección aprendida, visité de nuevo el país unos meses después y pasé unos días con soldados en la primera línea del frente. Me hablaron de su vida, de sus sueños, de sus familias.

También entrevisté a personas cuyas mujeres e hijos habían sido secuestrados y llevados al desierto.

La última vez que viajé hasta Siria fue en febrero del año pasado (2020). Se cumplían 9 años de conflicto y quería seguir poniendo el foco informativo en este país. Aparte de la guerra, les está matando la pandemia y el bloqueo internacional.

Estoy en contacto semanalmente con gente de allí y me cuentan que están muriendo de hambre. Los sirios nunca esperaron una guerra así, su vida antes era muy bonita, y lo que quiero dejar claro es cómo viven allí y por qué huyen.


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