Berriozar,Cultura,Historia

Ilargi

9 Dic , 2015  

Hoy en Rincones de Berriozar, sección de la cual nos valemos para dar a conocer las historias de los diversos parques que atesoramos, versaremos sobre Ilargi; Reflejo del cambio de la mentalidad en nuestra sociedad para adaptarse a los nuevos tiempos.

En un comienzo el parque Ilargi, situado al noroeste de Berriozar sobre los campos de fútbol y flanqueado por la vía del tren, era uno de los pocos espacios comunales de los que disponía el Concejo de Berriozar. En aquella época el espacio se utilizaba como ubicación de huertas vecinales. Por aquel entonces, década de los sesenta, las constructoras no debían donar o destinar parte de las parcelas a construir para espacios verdes o comunales. Por lo tanto, las nuevas construcciones y vecindarios quedaban agrupadas sin lugares para el ocio al aire libre, rodeadas de carreteras sin arcén y campos de cultivo.
Por aquella época, ante el auge de la población y la creciente necesidad de lugares comunales para sentarse a hablar, jugar y relacionarse en su más amplio sentido de la palabra, desde el concejo y con Jose Luis Campo a la cabeza, se tomó la decisión de buscar una solución. De esta manera, a comienzos de la década de los setenta, se procedió a crear los espacios comunales de Ilargi y el parque Lantzeluze.
Cabe destacar que el parque Ilargi, en un principio fue bautizado como parque San Agustín para después ser renombrado tal y como hoy lo conocemos. Además, Ilargi, dado su estructura y características no fue denominado parque hasta casi una década más tarde. Hasta entonces fue conocido como uno de los pocos espacios comunales de Berriozar.
Al tomar la decisión de ceder terreno del concejo para poder mejorar la calidad de vida de la creciente población, se apostó por un nuevo y mejorado modelo de convivencia. Como se ha citado previamente, el promotor de esta visión, la cual abarca la importancia de los parques y espacios comunales en los pueblos e indicó la línea a seguir para la futura estructuración del pueblo, fue Jose Luis Campo, en su día máximo representante del concejo de Berriozar.
De esta manera surgió uno de los primeros lugares a los que los vecinos podían acudir y charlar mientras los más pequeños se divertían jugando en los columpios.
En sus orígenes, Ilargi no era más que un espacio triangular delimitado por la vía del tren a su izquierda y la carretera a la derecha la cual, al no estar acotada por arcenes, se integraba con el parque y provocaba que coches y camiones utilizasen el lugar como aparcamiento. Para evitarlo, una vez decidida la finalidad del espacio, se emplearon vigas y estructuras de cemento sobrantes o imperfectas de las obras adyacentes para delimitar el área. Así, al igual que las edificaciones crecían y conformaban lo que hoy en día es Berriozar, el material sobrante o inutilizable servía para ayudar también en este tipo diferente de espacio.


En el interior, donde hoy está la pista de fútbol cubierta, se extendía una explanada terrosa vacía y más arriba, donde hoy ubicamos la tirolina, se colocaron los primeros columpios rudimentarios para disfrute de los niños y quebradero de cabeza de los padres. Aquellos columpios, debido a su forma y funcionalidad nos exponen las primeras pinceladas del mencionado cambio de mentalidad, puesto que hoy en día sería impensable dejar a nuestros hijos a su libre albedrío jugando sobre un tobogán de enormes dimensiones y escasa seguridad o sobre el “rompetobillos”, como era comúnmente conocido. Una estructura metálica sobre la que era posible sentarse varias personas en círculo y bombear una palanca para girar y dar vueltas cada vez a más velocidad.
En esa misma década de los setenta, surgió una nueva necesidad por parte de los jóvenes. Se trataba de encontrar un espacio donde ubicar una plaza para las vaquillas en las fiestas. El espacio comunal de Ilargi fue el seleccionado. Para ello, cuando se acercaba la fecha, colocaban una serie de carros y remolques, que la empresa Teymo prestaba, en el lugar donde hoy tenemos la pista cubierta y se improvisaba una plaza, montículo izado con ruedas de camión incluido, donde los, normalmente, embriagados jóvenes reían y disfrutaban de los recortes y de las cogidas. Cabe destacar que estos actos cobraban muchísima expectación además de participación y, sin duda, creaban los lazos de una sociedad más unida.
De esta manera Berriozar fue creciendo e Ilargi fue cobrando importancia y notoriedad, ya fuese por el simple hecho de ser un espacio común o por los distintos usos festivo-sociales que albergaba.
En 1981 llegó el turno de urbanizar la zona junto a Ilargi y con ella, trabajadores en paro de Berriozar contratados por el Concejo, comenzaron la primera remodelación del denominado espacio comunal. En ese año se quitaron los pilares de obra y se establecieron bancos rodeando el parque, se levantaron las vallas que separan Ilargi de la vía del tren y se cambiaron los columpios por otros más seguros y modernos, aunque todavía eran de hierro. Además se decidió trasladar las vaquillas de fiestas junto al ambulatorio y, en esa parcela, se construyeron las pistas de fútbol y baloncesto en la que seguramente todos hemos jugado alguna vez.
A partir de ese momento Ilargi tomó la forma definitiva para ser concebido como parque por todos los vecinos y, al igual que lo hacía la población en Berriozar, la asistencia y asiduidad de las personas que hacían uso de él aumentó notablemente.
Poco tiempo después, se construyó la “Lamia”, estatua de carácter mitológico que otea el parque desde la parte posterior de la pista de fútbol. En un principio se construyó para que hiciese la función de fuente potable, pero pronto se estropeó y quedó como la estatua que todavía hoy podemos contemplar.
En 1996, junto con otros parques de Berriozar, Ilargi fue nuevamente modificado. Para aumentar la seguridad en los menores que exigían los tiempos, se cambiaron los columpios de hierro por unos de madera, se colocó el parque infantil y piezas de caucho sobre el suelo que lo rodeaba.
Más tarde, en 2007 concretamente, se tomó la decisión de mejorar las instalaciones para la práctica del futbito. Se colocó la estructura que hoy en día cubre la pista, nuevos focos para una mejor iluminación y se cambiaron las protecciones posteriores de las porterías para que abarcasen una zona más amplia.
Finalmente, en el año 2011 se cambiaron los columpios de madera para ubicar la pirámide de cuerdas y la tirolina de la que hoy disfrutan los pequeños más osados.
A fin de cuentas, hemos podido ver, y posiblemente recordar, cómo ha evolucionado el parque debido a las necesidades que todos nosotros teníamos como vecinos y vecinas de Berriozar. Gracias a ello, y por supuesto a la visión y tenacidad de Jose Luis, somos propietarios de un preciado lugar donde reunirnos, charlar animosamente, jugar, competir, divertirnos, disfrutar de conciertos o festejar eventos como el Olentzero.

TEXTO: EGOITZ SÁNCHEZ


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