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Margarita centenaria

4 Mar , 2016  

Llegados al pueblo viejo de Berriozar, pasado el centenario lavadero y situada sobre una pequeña placeta, encontramos la casa Ezkonberri o “recién casados”. Se trata de un hogar de madera y piedra tan antiguo y con tanta historia que ni siquiera la familia que actualmente reside en ella, la cual ha morado en la casa durante varias generaciones desde el siglo XVIII, conocen la procedencia del término que la nombra.

Entramos y, al acceder a una reformada y acogedora segunda planta descubrimos a Margarita Eslava que, cual Penélope reina de Ítaca cosiendo y descosiendo su telar a la espera del regreso de Ulises, hace y deshace bufandas con sus grandes agujas de punto. Nada más percatarse de nuestra presencia nos saluda alegremente y se muestra animosa de conversar y compartir sus innumerables recuerdos y vivencias.
Sin duda alguna es su continua sonrisa y alegría el rasgo que más destaca en ella a primera vista. Sin más dilaciones nos invita a sentarnos en un cómodo sofá y comienza a evocar épocas tan lejanas como tan solo personas de su edad, a punto de cumplir 100 años, han llegado a vivir. Margarita nació en Berriozar, en la misma casa en la que nos encontramos, en el año 1916.
RECUERDOS
Tanto su padre, Ricardo Eslava natural de Garciriaín, como su madre Blasa Galar nacida en Ezkonberri, vivían de la agricultura y tuvieron cinco hijos, de los cuales Margarita fue la menor. En aquella época, nos relata con entusiasmo, el campo y los animales eran el pan de cada día, los trabajaban, cuidaban y convivían con ellos. Describe cómo la casa estaba dividida en la planta inferior donde tenían bueyes, yeguas, cerdos y gallinas entre otros animales, la segunda planta donde llegaron a convivir más de diez personas y la parte superior, lugar donde almacenar el trigo. Con un nivel de detalle increíble para recuerdos tan añosos, nos cuenta lo gracioso que era cuando los animales metían los hocicos entre las rejas e intentaban lamerlos cuando pasaban junto a ellos.
Margarita, junto a sus hermanos y demás niños del pueblo, estudiaba en la casa del maestro, Don Vidal, en una bajera bajo la que éste se alojaba. Allí estudiaron sus lecciones hasta que cuando ella tuvo cinco años, en 1921, se inauguró la escuela del pueblo. Con mirada pícara y amplia sonrisa nos confiesa que no aprendió mucho en aquella escuela. De hecho, como el profesor siempre preguntaba en el mismo orden, algunos días entraban a hurtadillas en su despacho y memorizaban del libro de ejercicios las repuestas a las preguntas que les iba a realizar al día siguiente.
Cuando no estaba en la escuela, salía a jugar con las demás niñas del pueblo, no con los niños puesto que siempre iban por lados opuestos; “Nosotras jugábamos a las eras o a las muñecas y ellos a la carteta o veían a los mayores jugar a botxas en el botxategi de la iglesia cuando salían de misa.”
Cuando hubo cumplido catorce años comenzó a estudiar en las Dominicas de Pamplona. A las mañanas daban clases de distinta índole y por las tardes ejercían labores. Para acudir a estudiar, cada día debía caminar la distancia entre el pueblo y las Dominicas, un viaje nada sencillo por aquel entonces. Durante los tres años que estuvo allí, recuerda que se estableció la II República en España, en 1931, y uno de los días que acudió a estudiar, las monjas habían cerrado a cal y canto. Margarita nos relata que las monjas tenían miedo y con sonrisa cómplice entona una de las canciones que comenta se cantaban en aquellos años: “Si supieran los curas y frailes…”
_VP_0526InakiVergaraA los diecisiete años terminó de estudiar y volvió a Ezkonberri. Aquí se dedicaba a cuidar de los animales, coser o llevarles la comida a los hombres que trabajaban en el campo; “Les llevábamos fiambreras con cocido de alubias, tocino y morcilla, todo de casa.” En gran medida, nos cuenta, se abastecían de sus propias tierras y animales, sin embargo, cuando algo les sobraba más allá del sustento básico, como podían ser cabezas de ganado, trigo o huevos, acudían al mercado de Pamplona o a las ferias de diferentes pueblos vecinos a mercadear.
Tal y como nos lo describe, el mercado de Pamplona era un lugar sin puestos fijos, ni mucho menos expositores de cristal. Cualquier día podía acudir una familia como la de Margarita poner un puesto y vender medio cordero y una docena de huevos.
Además, de vez en cuando acudía junto a su padre a la feria de Irurzun. Si pretendían vender una vaca, debían recorrer la distancia a pie para guiarla. Allí se reunía una gran cantidad de gente y, al parecer, no solo se vendía ganado y diferentes objetos sino que también se comprometían a los hijos e hijas sin pareja.
En una ocasión, relata sin poder contener la risa, ella y su padre compraron dos cerdos en la feria de Uharte y volvieron con ellos teniendo que guiarlos con sendos palos y mucha paciencia. Sin embargo su expresión se torna más técnica al describir cómo cribaban la paja para separarla del grano y el gesto que realizaba para tirar hacia arriba de la criba y que el aire se llevase la paja en los días de viento.
FIESTAS
Pero no todo era trabajar, tal y como presagia la energía y el entusiasmo que hoy en día muestra, a Margarita desde pequeña le ha encantado la música y los bailes. Cuando era pequeña, aprovechaba los viajes a Pamplona con su madre para comprar las letras de las canciones famosas para poder cantarlas, ya que entonces no tenían radio ni televisor. Siendo más adulta disfrutaba todo cuanto podía las fiestas de Berriozar y de los pueblos cercanos, como las de Berriosuso o Artica. Recuerda con alegría, primero a los gaiteros que tocaban haciendo la ronda por las casas del pueblo y posteriormente al Maestro Turrillas y su banda de música, los cuales atraían a un número tal de personas que se llenaban las tres eras en las que disfrutaban de las fiestas. Relata que comer “rellenos” era muy típico en fiestas, para lo cual guardaban huevos desde el quince de agosto. Por las noches, se prendía una gran hoguera y tocaban música para que pudiesen bailar.
A los treinta y dos años, una amiga de Artica le propuso conocer al hermano de su marido y Margarita accedió a tener una cita “a vistas”. De esta manera conoció al que posteriormente ha sido su marido, Valentín Arlegui natural de Idozi. En un principio, nos relata risueña, era él quien acudía, únicamente los domingos por las mañanas, para cortejarla y pasear juntos por Pamplona. Un año más tarde se casaron y tuvieron cuatro hijos, un niño y tres niñas.
De esta manera, ahora con su propia familia, prosiguió con su vida en Berriozar, viendo cómo el pueblo, junto a las costumbres y características intrínsecas del mismo cambiaban cada día más y más rápidamente. Según sus palabras “La vida cada vez es mejor” dado que entre los cambios más importantes que ha vivido se encuentra, por ejemplo, la llegada de agua corriente a las casa hacia 1960. Hasta entonces tanto para cocinar como para lavar la ropa o lavarse ellos mismos, debían acudir con pozales al lavadero. De hecho era tan duro lavar la ropa a mano con tabla y jabón que varias mujeres de Pamplona pagaban a mujeres de Berriozar para que les lavasen la ropa y éstas, sobretodo en invierno, se colocaban ladrillos previamente calentados bajo los pies para mantener el calor. También nos describe la evolución de la cocina que ha conocido; desde el fogón a ras de suelo a la vitro cerámica moderna que preside hoy su cocina; “La de ahora cocina sola” señala.
No obstante, Margarita es una mujer que ha sabido adaptarse a todo cuanto a ocurrido, a todo cuanto ha cambiado. Nos cuenta que tiene móvil e incluso que lo prefiere ante el teléfono fijo para hablar con su familia. A sus cien años, sigue siendo una mujer activa, continua apuntándose a las comidas que celebran en el pueblo dos veces al año, incluso el año pasado fue la encargada de prender la chispa del cohete. Sale a pasear hasta los límites de Artica disfrutando de la naturaleza, cocina, va a misa los domingos “Si no hace frío” y, como no, continúa con sus grandes agujas de punto elaborando bufandas o simplemente deshaciéndolas para volverlas a hacer mientras permanece sentada al calor del sol que se filtra por la ventana.
Margarita es la primera persona en el pueblo de Berriozar que alcanza a cumplir los cien años, si además le sumamos su grata amabilidad y la contagiosa jovialidad que desprende, es lícito afirmar que, si Berriozar es nuestro tesoro, esta mujer de ojos azules es una de nuestras joyas más valiosas.

TEXTO: EGOITZ SANCHEZ • FOTOS: IÑAKI VERGARA


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