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Plaza Eguzki

12 May , 2016  

En esta nueva entrega de la sección “Rincones de Berriozar” abordamos el origen, historia y transformación del que ha sido, sin duda, uno de los lugares más célebres y significativos de nuestro pueblo durante las últimas décadas: la Plaza Eguzki.

El origen de esta plaza se encuentra en la recta final de la década de los 70, cuando la población y edificación de Berriozar proliferaba alrededor de la Avenida Guipuzkoa y se contemplaban nuevos lugares y vías para futuras construcciones.

Por aquella época uno de los constructores con más relevancia en la urbanización de Berriozar fue Juan Lanciego, quien edificó varios bloques de pisos en la calle Lekoartea, entre otras. En 1976 ideó la construcción de una torre de catorce alturas junto a la Avenida Guipuzkoa, donde hoy en día encontramos la sucursal de La Caixa. Para ello, diseñó un proyecto y logró la aprovación del Concejo. Sin embargo, tras crear una sólida base y llegar a la cuarta altura fue la propia Diputación de Navarra quien paralizó las obras y le negó el permiso. Ante tal circunstancia, constructor y Concejo llegaron a un acuerdo. En dicho acuerdo, a cambio de compensar las pérdidas por la no construcción de la torre, el Concejo firmó un convenio en el que cedía una finca, un solar vacío que en aquel momento servía de aparcamiento de camiones, para la construcción de dos bloques de pisos y un garaje subterráneo. El 1 de junio de 1978 Lanciego escrituró la finca y tres años más tarde, el 21 de mayo de 1981, cuando ambos bloques de pisos y el garage estuvieron terminados los recepcionó a modo de tres fincas diferentes dejando el espacio entre bloques como “propiedad privada con una servidumbre de uso público”.

Tras estos vaivenes de ámbito burocrático y bajo el nombre técnico recién citado nació la Plaza Eguzki. De este modo, en pocos años pasó de ser una finca en la cual estacionar coches y camiones, colmada de charcos donde los niños jugaban tras las lluvias, a ser el nuevo centro neurálgico de Berriozar, heredera y sucesora a su vez de la Plaza San Esteban.

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EL CARACOL

Una vez terminada la plaza, albergaba grandes jardineras en las esquinas, las cuales estaban flanqueadas por anchos bancos en los que sentarse a descansar, charlar o relajarse. Las jardineras no sólo cumplían su labor de ornato, sino que también posibilitaban la entrada de luz natural al garage a través de las cristaleras. No había baños públicos, pero sí un porche que cruzaba la plaza de este a oeste, tal como tenemos hoy en día.

Sin embargo, hace falta hacer memoria, echar la vista muy atrás para tratar de recordar estos detalles, algo que, inequívocamente, no ocurre al evocar el mítico quiosko de grandes peldaños, o como era comúnmente llamado; el Caracol.

El Caracol era una especie de piramide sin punta, con tan solo tres esquinas y que contenía una pequeña placeta en su interior a unos dos metros de altura, a modo de escenario. Sin duda, era el lugar de juegos preferido para los más pequeños, ya que en él podían jugar a las esquinas, a pillar, a lanzar la peonza rodando escalones abajo o simplemente dejar volar su imaginación. Tan divertido como peligroso para ellos, puesto que no fueron pocos los chichones y torceduras producidas por despistes y caídas.

Aparte de atracción infantil, el Caracol pasó a ser parte fundamental de la cotidianidad en Berriozar. Desde la perspectiva que concedían esos dos metros de altura, fueron muchos los discursos que se pronunciaron, los premios que se entregaron o los conciertos que se celebraron. De hecho, para los conciertos, se instalaba un toldo que cubriese a los músicos de la lluvia e incluso se preparaba un tablado a la altura de la placeta con el fin de aumentar el tamaño de la misma. Sin duda, pronto empezó a nutrirse y empaparse de las emociones y pulsiones de los y las Berriozartarras, puesto que desde aquel pétreo atril se entonaron tanto canciones de amor, como de guerra.

Con el paso de los años, la Plaza Eguzki fue ganando notoriedad y aglutinando diferentes actos sociales o festivos del pueblo. Era ubicación habitual de salida y llegada de carreras o celebraciones, así como lugar de concentración y manifestaciones.

PROBLEMAS DE CONSTRUCCIÓN

No obstante, la Plaza Eguzki también ha sido lugar de polémica y confrontación. A los pocos años de acabar la construcción de la plaza, en 1983, comenzaron a surgir los primeros problemas. Básicamente, la superficie entre garage y plaza no había sido bien sellada; los sumideros estaban mal colocados y las rejillas se rompían entre otros fallos de construcción, por lo que surgían grandes filtraciones de agua y existía el peligro de que la plaza se hundiese. Por todo ello, tras las pertinentes quejas de los vecinos, el Concejo, con Jose Luis Campos a la cabeza, decidió tomar acciones legales contra el constructor. Fue un proceso largo y tedioso en el que además de la denuncia del Concejo tuvo que sumarse la de un particular para dar mayor apoyo y consistencia y, de hecho, fue gracias al apoyo de este particular que finalmente el 5 de abril de 1986 se ganó el pleito.

Sin embargo no acabó ahí la cosa. En 1987 todavía no sólo no se había arreglado la plaza, pese a haber una sentencia en firme, sino que los problemas se habían agudizado. En esos momentos fue la comunidad de vecinos, a través de la denuncia del particular, quien tiró del carro y logró que en 1989 tras varios nuevos peritajes de los fallos de construcción revelados, el constructor tuviese que realizar una aporación final de 1.600.000 pesetas.

Con esta cantidad el 19 de diciembre de 1989 se acordó en pleno un proyecto de reforma para la plaza. De tal modo se encargó a Txomin Ropero el arreglo de los desperfectos, algo que finalmente tampoco acabó por funcionar. El presupuesto no alcanzó y tan solo se pudo medio arreglar la obra, por lo que de nuevo la comunidad de vecinos pidió colaboración al Concejo.

Sin embargo, pese a la predisposición de gobiernos anteriores, en 1991 el Partido Socialista llegó a la alcaldía con Alfonso Alonso al frente y tomó una postura férrea en este asunto. Argumentó que la plaza era una propiedad privada y que debían ser los vecinos los que pagasen las reparaciones. Ante esta posición los vecinos y vecinas se movilizaron y, entre otras acciones, decidieron no dejar entrar a la plaza al mercadillo que desde 1988 vendía allí sus productos. Los vecinos, argumentando que si la plaza era un lugar privado el Ayuntamiento no debería recibir cobro alguno por ubicar allí el mercadillo, comenzaron a madrugar los fríos domingos de febrero para impedir el paso de los coches y camionetas.

Tras cuatro o cinco semanas, la voluntad popular venció ante la represión del Ayuntamiento y policía consiguiendo que el mercadillo se trasladase junto al ambulatorio, cuanto menos logrando que la superficie de la plaza no continuase deteriorándose.

No fue hasta pasadas las siguientes elecciones, tras perder el Partido Socialista y volver Campos al frente del Ayuntamiento cuando se llegó a un acuerdo. En el mismo, la comunidad de vecinos pagaría una pequeña cantidad para que la plaza fuese remodelada. De esta manera, en 1997 tras ocho meses de obras a cargo de Urbanizaciones Iruña, se remodeló la plaza tomando la forma que hoy en día posee.

ACTUALIDAD

En la remodelación de 1997 se decidió quitar el caracol y ubicar un quiosko para los actos y celebraciones más acorde a la proporcionalidad de un Berriozar creciente. Se cambiaron las farolas por las de poco consumo y, frente al quisko, se situaron los únicos baños públicos que hay en el pueblo, tan sólo abiertos durante el verano, y una pequeña tienda de chucherías. De igual manera, se procuró que la plaza tuviese una inclinacón hacia ambos lados para que no se concentrase el agua en el centro y se eliminaron los sumideros y las entradas de luz al garage. El parque de madera fue sustituido por la teleraña y los columpios y los porches fueron renovados.

Fuegos artificiales, talos, danzas, herri kirola, sokatira, betiko eta gaurko kantak, el toro de fuego, txupinazos… han sido tantas escenas y vivencias las que ha absorbido esta plaza que sin duda ha sido uno de los grandes pilares en la creación no sólo de la estructura geográfica de Berriozar, sino también en su estructura social. Sin embargo, tal y como ocurre con las generaciones de los vecinos y vecinas que hemos vivido aquí, el tiempo pasa al igual que las costumbres y los usos. Por ello, poco a poco la Plaza Eguzki es testigo de cómo, tal y como hizo ella con la Plaza San Esteban, la nueva generación, en este caso la Plaza Euskal Herria, va ganando notoriedad y atrayendo hacia sí tanto a los vecinos como los diferentes actos y celebraciones de la que tantas veces ha sido anfitriona. No es algo malo, es ley de vida y, sobre todo, es el símbolo de cómo también el pueblo de Berriozar nace crece y madura, al igual que sus habitantes.

Finalmente agradecer a Pedro Urbistondo la amabilidad y precisión con la que fue transmitida la información necesaria para elaborar este artículo.

TEXTO: EGOITZ SÁNCHEZ


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