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Rincones de Berriozar: San Esteban

6 Abr , 2016  

Una vez más, en “Rincones de Berriozar”, echamos la vista atrás para redescubrir los orígenes y la historia de los parques y plazas que nos rodean. En esta ocasión exploraremos las raíces y evolución de la plaza San Esteban; símbolo del triunfo de la voluntad popular frente a la serie de distintas necesidad que, como pueblo en proceso de crecimiento, fueron surgiendo en nuestro sociedad.

A principios de la década de los setenta, cuando la población de Berriozar comenzó a crecer más allá de la falda del monte en lo que antiguamente denominaban “el polígono”, las viviendas y el núcleo de la población se dividía básicamente entre las calles Lantzeluze y Lekoartea, separadas entre sí por la Avenida Gipuzkoa. A medida que navarros y navarras de diferentes localidades vecinas y emigrantes de distintas comunidades del estado y el extranjero optaban por residir en nuestro pueblo, tanto la necesidad de nuevas viviendas como la de espacios comunales, de diversa índole, fue cada vez más apremiante. No es difícil encontrar testimonios en los que se narran cómo previamente a la construcción de la Iglesia San Esteban, algunas misas y reuniones vecinales se organizaban en el hotel-restaurante Maitena, hoy en día reconvertido en el Club Carioca, o en bajeras que los vecinos cedían altruistamente.
A la vista de la ausencia de lugares de ocio y reunión común, fueron los propios vecinos y vecinas de Berriozar los que se pusieron al frente a la hora de reivindicar las necesidades expresadas y de actuar, cada uno en la medida en la que le era posible, para lograr hacerlas realidad. Gracias a su esfuerzo, voluntad y tesón, pronto lograron encauzar sus objetivos.
En primer lugar se decidió construir una iglesia en esta zona del pueblo, la cual, tras varias ubicaciones posibles diferentes finalmente se estableció en el solar vacío que hoy en día es la plaza San Esteban. En el momento hubo alguna duda sobre si ubicarla en el entorno de Lantzeluze, aunque posteriormente se concluyó erigirla en el lado sur de la Avenida Gipuzkoa con el fin de evitar cruzar la carretera. Por lo tanto, tras un acuerdo entre el Concejo y la constructora dueña del terreno se lograron los permisos y comenzaron las obras.
Esta iglesia, a la cual se entra por delante y no por detrás como suele ser habitual, comenzó a conformar lo que durante años sería el centro neurálgico de Berriozar. En aquella época, la afluencia de vecinos y vecinas era abundante, no sólo para acudir a misa, sino también para participar en reuniones vecinales en las que se debatían nuevas propuestas y mejoras para el pueblo. Así mismo, los domingos por la tarde organizaban sesiones de cine que hacían las delicias de niños y mayores. Las películas proyectadas tenían un coste y, en algunas ocasiones, debían acudir hasta Bilbao a recogerlas. Por ello se cobraba una pequeña entrada, aunque rara vez se le negaba el paso a quien no tuviese cómo pagarla.
De las reuniones vecinales previamente citadas comenzaron a surgir nuevas ideas a fin de lograr un bienestar y calidad de vida mejores para los conciudadanos. Entre ellas, se identificó el problema que muchas mujeres encontraban a la hora de tratar de conciliar el cuidado de los hijos pequeños y el trabajo. Por ello, se decidió establecer junto a la iglesia la primera guardería del Pueblo. En un principio, no existía la edificación que hoy podemos contemplar por lo que la guardería se estableció en una bajera privada. La bajera era propiedad del farmacéutico Don Jesús Núñez, quien la ofreció de forma totalmente desinteresada. Años más tarde, gracias a la aportación de la Obra Social de la Caja de Ahorros se pudo construir la edificación y pagar a los empleados que durante años desempeñaron esta inestimable labor.


Sin embargo, la preocupación de la ciudadanía no se centró exclusivamente en los más pequeños de Berriozar, también existía la necesidad de cuidar y apoyar a los mayores, entre otros. Éstos, a falta de un lugar público común, se sentaban junto a las ventanas bajas de Oneca, frente a la Avenida Gipuzkoa, para charlar y pasar la mañana o la tarde. Para ellos se decidió levantar un nuevo edificio junto a la iglesia, el cual, en su parte baja albergase el Club de Jubilados. Esta construcción, finalmente se convirtió en un edificio multiusos puesto que en sus plantas superiores acabó albergando espacio para diferentes fines sociales como la Promoción de la Mujer, la primera biblioteca del pueblo, el Club Juvenil o el Club San Cristobal.
De esta manera, poco a poco, la plaza San Esteban fue ganando notoriedad y afluencia de personas, reuniendo entorno a sí la mayoría de asuntos y cuestiones de tipo social. Con el paso del tiempo se convirtió en el centro del pueblo, situación análoga a la plaza Euskal Herria hoy en día.
A comienzos de la década de los ochenta, siguiendo el plan de urbanización previamente establecido, se levantaron los bloques residenciales lindantes a la Calle San Esteban y Kaleberri y, en el centro del solar, se configuró la forma o estructura de plaza que hasta el día de hoy hemos conocido. Sin embargo, a diferencia de estas fechas, en aquella época existía una fuente en forma de bañera con cuatro bocas de agua, una a cada lado, en el centro de la plaza. Ésta no sólo aplacaba la sed de los vecinos, sino que también servía para que los niños, al tapar diversas bocas y acumular el mayor caudal posible en una de ellas, jugasen y se divirtiesen como si de un aquapark se tratase. De hecho, ésta ha sido siempre una de las plazas favoritas de los más jóvenes para divertirse. Debido a las grandes jardineras, ángulos y recovecos existentes era un lugar idóneo para jugar a pillar o al escondite, algo a lo que incluso un servidor jugaba de pequeño con Iván Zas y demás amigos. Además no podemos olvidarnos del quiosco de chucherías situado entre la iglesia y la guardería, lugar donde reponer las fuerzas y energía perdida durante el juego.
Una década más tarde, en los noventa, se llevó a cabo la primera modificación de la plaza. Se instaló un pequeño parque “de quita y pon” para los niños, se eliminó la fuente y algunas de las enormes jardineras con el fin de dejar un mayor espacio central para poder albergar a la mayor cantidad de personas posible durante eventos tales como el trayecto final del Olentzero, bailes o las fiestas. En estas fechas festivas, se colocaba un quiosco de música en la parte posterior de la iglesia, orientada a la calle Aranzazu y detrás de la misma algunas casetas de feria.
Posteriormente, en febrero de 2010 se llevó a cabo la última modificación de la plaza hasta la fecha. En esta ocasión se cambiaron las jardineras por unas de menor tamaño, cambiaron los bancos y se ubicó el parque infantil en el centro de la misma.
Evidentemente, a medida que Berriozar ha ido creciendo la concentración de los asuntos sociales en la plaza San Esteban ha ido menguando en favor de otras plazas y parques del pueblo. Ya no es esta plaza la que asume todo el peso de ser el centro del Berriozar, tal y como fue. Sin embargo, lo que la sigue haciendo importante y única es el principio por el cual fue ideada y erigida; la necesidad de un pueblo por crecer en todos sus aspectos, aglutinando todos los estratos sociales en un época en que, a pesar de las diferencias culturales o de origen, la voluntad y la unión de los vecinos y vecinas por crecer como sociedad fue la mayor de las motivaciones.
Finalmente agradecer a Teresa Alconero y María Jesus Poza toda la valiosa información proporcionada y la amabilidad y el cariño con la que fue transmitida.

TEXTO: EGOITZ SÁNCHEZ


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