Berriozar,Solidaridad

Un viaje a lo desconocido con Dimitri Azebaze

9 Feb , 2015  

Dimitri Azebaze salió de Camerún en 2003. 769 días después y pasando por 6 países diferentes, llegó hasta nuestra Comunidad.
Esta es la primera de las historias que la revista Berriozar ha querido acercar a sus lectores para conocer un poco más de cerca la realidad de sus vecinos inmigrantes y lo que tuvieron que dejar tras ellos. En los próximos números os iremos acercando otros recuerdos, otras vidas y otros países.

Más de 4.000 kilómetros separan Camerún de Navarra, algo más de 7 horas si realizamos el viaje en avión. Pero Dimitri tardó un poco más en recorrer esa distancia. Exactamente 769 días desde que salió a pie de su país, un 11 de junio de 2003, con 25 años. Ni él mismo podía imaginarse que su viaje sería tan largo y doloroso.
Muchos compañeros cayeron en el camino agotados, enfermos, muertos de sed en medio del desierto. Él sobrevivió a este “penoso y espantoso” viaje, como él mismo lo define, y ha querido revivirlo y compartirlo con nosotros.

¿Por qué fue tan largo tu viaje, Dimitri?
Los destinos se eligen en el camino, era un viaje totalmente desconocido, no sabía dónde acabaría.
De Camerún a Ceuta tuve que pasar por 6 países distintos, cada uno con su realidad, sus dificultades y sus fronteras para entrar en él.
No íbamos de capital en capital, seguíamos un itinerario inventado por nosotros mismos sobre la marcha. A veces había que trabajar en lo que fuera, de lo que hiciera falta, para conseguir algo de dinero y poder pagar una parte del viaje. Cuando se podía, avanzábamos en autobuses o en algún coche alquilado. Y cuando no se podía, caminábamos.

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¿Qué recuerdas de todos esos lugares por los que pasaste?
Empezamos por Chad, al principio con idea de quedarme allá una temporada y regresar a mi país cuando se hubieran arreglado las cosas con el estado, pero no me gustó la forma de vida de aquel país, no era lo que yo quería. Continuamos hasta Níger (un lugar con muchísima miseria), y de ahí a Nigeria porque yo quería conseguir el visado y hacer las cosas bien. Pero me estafaron y tuve que retroceder otra vez a Níger y volver de nuevo por otro sitio a Nigeria.
Conseguimos llegar hasta Argelia. Aquí la gendarmería nos perseguía todos los días. Para evitar ser perseguidos y deportados nos escondíamos en una parte de las montañas rocosas con otros inmigrantes en nuestra misma situación. Llamábamos a nuestro escondite “Hotel La Roca”.
Al final acabamos en Tamanrasset, al sur de Argelia (es un gran cruce de caminos para los inmigrantes). Cerca de allí los autóctonos organizan viajes en camiones para cruzar el desierto.
¿Y vosotros cómo sobrevivisteis en el desierto? ¿Qué temperaturas se daban en la zona?
De día alcanzaban los 52 grados. La gente muere de hambre y de sed en el desierto intentando salir. Yo lo conseguí, y pongo a Dios por delante, él me ayudó. Viví situaciones horribles que si no las hubiera visto con mis propios ojos, jamás creía que sucederían. Un chico que viajaba con nosotros estuvo enfermo casi 6 meses, con fiebres altas todos los días, esperábamos su muerte cada día, pero salió adelante.
Cruzando el desierto vimos muchos cadáveres. Los coches en los que viaja la gente se averían o se quedan sin gasolina y la gente muere de hambre esperando una ayuda. Son unos recuerdos malísimos.
¿Lograsteis atravesar entonces el desierto en coche?
Conseguimos que un señor nos llevara en su camión, pero a unos 100 kilómetros de llegar a Arlit, al sur de Argelia, nunca sabré si fue con la complicidad de nuestro chofer o sin ella, fuimos atacados y sufrimos agresiones por parte de un grupo de hombres que no viajaba con nosotros, no sé de dónde salieron… Violaron a las mujeres que viajaban con nosotros y a mi me apuñalaron. Me dieron por muerto y me tiraron a unas rocas detrás de las montañas.
¿Y qué pasó después?
Ocho días después de estar medio enterrado y con los buitres alrededor ocurrió un milagro. Apareció un hombre con una furgoneta llamado Mohamed y me salvó la vida. Me recogió de allí y me llevó a un hospital donde permanecí 11 días. Después, salí y descansé en un poblado de chabolas durante 3 semanas. Allí me reuní con mi grupo de compañeros y también con las chicas a las que habían violado. Estaban destrozadas, tuve que darles mis medicamentos porque las veía mucho peor que yo.
Después, Mohamed volvió a prestarme su ayuda y consiguió llevarme junto a un amigo hasta la frontera de Libia. En este otro país permanecimos unos 3 meses en el sur y otros 3 en el norte, trabajando de cualquier cosa para conseguir algo de dinero y continuar el viaje.
De Libia ya estábais muy cerca de Europa ¿no?
Sí, llegar a Libia es una ilusión para todos nosotros. La gente contaba que desde allí se veía Italia, incluso que se escuchaba cantar a los gallos. La gente cuenta muchas mentiras, algunas sirven para animarnos y hacernos más llevadero el camino. Todo era falso, claro. Si queríamos entrar en Sicilia, había que hacerlo en patera y pagar como unos 3.000 dólares. Personalmente, después de lo que había vivido en el desierto y de haber sobrevivido, no me atreví a desafiar de nuevo a la muerte, así que volví a entrar en Argelia y desde ahí acceder a Marruecos.
Alcanzamos el monte Gurugú, muy cerca de Melilla. Ahí nos esperaba otra vida muy cruel.
Más obstáculos todavía….
Vivíamos en un bosque igual que las ratas. Era muy difícil salir a buscar comida porque la policía estaba por todas partes y si te pillaba, te deportaba. Había que buscar en la basura y dormir en las peores condiciones. La única salida era saltar la valla.
¿Y tú lo intentaste?
Sí, lo intenté en uno de los ataques masivos que se organizan cuando la situación es desesperante y ya estamos hartos de esperar en ese bosque. Con tan mala suerte, que me cogieron, me apalearon, golpes, patadas… Estuve un mes sin poder moverme.
Antes de volver a ser deportado, pude escaparme y decidí ir por Ceuta. Estuve otros 3 meses en un bosque cerca de la frontera donde se escondían muchos más inmigrantes, hasta 400 o 500 personas, pero yo no quería saltar la valla otra vez. No había forma de avanzar, pero quedaba otra opción, que era la de cruzar a nado.
Esto tampoco me convencía ya que los marroquíes que organizaban los viajes cobraban 1.000 o 1.500 euros, y no era fácil conseguir ese dinero.
Entonces ¿qué hiciste?
Me compré un neumático y unas aletas y en una piscina para regar los campos de unos agricultores me entrené por mi cuenta durante dos semanas y al final un día lo intenté, junto a dos chicas que estaban embarazadas y otro compañero. Pero la Guardia Civil nos cogió, nos llevó hasta la valla y volvimos al bosque.
Este intento tuve que realizarlo hasta ocho veces. Cada vez que ahorraba algo de dinero, me compraba un neumático. La novena, por fin, conseguí alcanzar Ceuta.
En Ceuta comenzó otra parte de tu aventura hasta que te instalaste definitivamente en Berriozar
Yo no buscaba un país concreto, pero en España nos habían hablado de los derechos humanos, la paz, la seguridad y la democracia. En África nos venden España como si fuera el paraíso, así que decidí quedarme. Particularmente, quería ir hasta el norte, hasta Bilbao, pero después recordé que yo había nacido en una ciudad con puerto y decidí pararme antes y entrar en Navarra.
¿Y por qué Navarra?
Por los colores de su bandera. Los chicos de la Cruz Roja que nos atendieron en Ceuta nos enseñaron mapas de las provincias y el color rojo del escudo de Navarra, así como el verde de la esmeralda que tiene en el centro, me recordaron a la esperanza que aquí podía encontrar.
¿Cómo fueron tus primeros días en nuestra Comunidad? ¿Conocías a alguien?
No conocía a nadie. Al llegar a Pamplona en autobús, me indicaron que podía acudir al albergue de Cáritas y estuve durmiendo en el albergue 5 días. Todas las mañanas salía a buscar camerunenses, y un día me encontré con un senegalés que me dio el teléfono de un chico de Camerún. Quedamos, nos conocimos, y hasta hoy, que somos muy amigos. Entonces comenzó otra vida para mí, cinco años durísimos que están reflejados en un libro que he escrito contando todo.
¿Por qué fueron tan duros y difíciles estos años si ya habías conseguido llegar hasta aquí?
Al principio, para los que no tenemos la documentación en regla (yo conseguí los papeles mucho tiempo después de estar aquí), esto es como una cárcel grande. No puedes salir ni viajar a otro país. Durante todos estos años hubo que buscarse la vida y trabajar ilegalmente. Vivir así y lejos de los tuyos no es fácil, fueron tiempos muy difíciles.
Mi padre falleció, por fortuna para mí, el año en que conseguí los papeles y pude ir a enterrarlo a Camerún.
Aguanté en esa situación hasta ahora, que he conseguido traer a mi mujer (en 2013) con nuestra primera hija.
Antes de instalarme en Berriozar viví alguna temporada en otras localidades como Cizur, Barañáin, la Txantrea o Buztintxuri.
¿Y cómo te sientes en Berriozar? ¿Qué te llama la atención de esta cultura?
En Berriozar me siento como en cualquier otro lugar. A la gente quizás le cuesta abrir sus puertas, pero hay que saber tocar a esas puertas.
Yo he podido elegir donde vivir, porque no se puede elegir dónde nacer. Aquí estoy encantado. Mi hija, que tiene 4 años, estudia el modelo D en el colegio Mendialdea, y mi esposa y yo asistimos a un taller de canciones y juegos en euskera para practicar con ella en casa. Tengo también otra niña de 9 meses y un niño de 5 años de una relación anterior.
En cuanto a las culturas y costumbres, algo que me ha llamado la atención y que no había podido ver hasta este año, ha sido el Olentzero. A partir de ahora lo disfrutaré con mi familia todos los años.
¿Echas algo de menos de tu país? ¿Piensas volver?
Me acuerdo todos los días, pero no quiero regresar (de visita sí, por supuesto). Lo que más deseo es descansar allí, que me entierren en mi tierra.

TEXTO: PAULA GREÑO • FOTOS: IÑAKI VERGARA


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